Etapas

Recuerdo como hace algún tiempo una madre adoptiva se puso en contacto conmigo muy preocupada, tenia varios frente abiertos con su hija a la que había adoptado con unos 6 años creo recordar y que había sufrido abusos y abandono. La veía perdida y no sabia bien como actuar con ellas. Tras una larga conversación acabó por preguntarme si llegaría el día en el que pasaría todo aquello, y por fin la etapa de la adopción, de los traumas, de las pesadillas, de los miedos… quedaría atrás y podrían continuar con una vida más o menos tranquila. En aquel momento no supe bien que contestarle, tal vez habría sido más acertado decirle que dependería del caso, de la niña, del tiempo, de la ayuda, de su propia capacidad de superación… pero no, mi mejor respuesta fue decirle la verdad, que no tenía la más remota idea de si ese día llegaría, o por el contrario, una parte de ella arrastraría de por vida las consecuencias de una adopción dura y un pasado traumático.

Y me acuerdo de ella, porque hubo un tiempo en el que yo estaba tan perdida en este mundo como en aquel entonces se encontraba su hija, tan dolida que habría acabado con todo lo que había a mi alrededor por dejar de sufrir un instante, y tener esa paz, esa tranquilidad de la que escuchaba hablar sin entender siquiera lo que era. Pero el tiempo pasó, y poco apoco aprendí a vivir con ello, a levantarme cada día, y seguir luchando por tener una vida normal, una vida feliz.

Ha pasado tiempo desde entonces, he aprendido a no tener pesadillas, al menos no tan a menudo, a no pensar en la familia que de nacimiento me tocó, aunque ellos se empeñen en seguir presentes en mi vida, he aprendido a valorar ciertos aspectos de la vida que creo que de otro modo no habría podido hacerlo, he aprendido a tener una vida normal, que aunque parezca algo que viene dado, también hay que aprender a tener, cuando nunca antes lo has tenido.

Pero todos estos caminos que me han llevado a donde estoy, sin duda tienen un precio que no podemos dejar sin pagar, una serie de consecuencias con las que también he tenido que aprender a vivir, aunque me siga resistiendo a ello, aunque siga luchando por negar que me sigue afectando, dañando y repercutiendo en mi vida diaria. Fueron muchos años los que pase bajo un control psicológico y psiquiátrico que sigo diciendo que fue extraordinario, que fueron ellos, junto a la fortaleza de mi madre y su cabezoneria los que consiguieron sacar adelante lo bueno que había en mi, y desterrar todo, o al menos, una gran parte de aquello que pudría mi mente y mi alma. Largas sesiones y terapias que poco a poco limpiaron ese dolor tan profundo, esos miedos, esas dudas, el resentimiento, la humillación, las ganas dañar a quien intentaba ayudarme, hasta lograr que yo fuera capaz de manejar las herramientas suficientes para convertirme en una persona, digamos normal.

¿Pero que pasó con todo aquello? ¿Donde fueron a parar esos malos sentimientos, esa frustración? ¿Acaso pueden desaparecer por completo?

Durante un tiempo creí que sí, que todo aquello solo era parte del pasado, que estaba todo superado y que ya nada de aquello podría dañarme, pero si hay alguien sabio, es el propio tiempo, que poco a poco coloca cada pieza en su lugar y muestra la realidad de las cosas. Hoy veo que todo aquello tan solo estaba latente, escondido en un rinconcito de mi mente donde tras mucho esfuerzo conseguí apartarlo, pero por circunstancias de la vida, ha ido poco a poco resurgiendo hasta dar la cara. Veo que tengo bajones, que a veces no consigo controlar mis emociones como lo hacía antes, y así como es cierto que hablar por aquí me ayuda a colocar cada idea, cada circunstancia, cada sentimiento en su lugar, también me ha hecho remover más de lo que tenía previsto, hasta el punto de afectarme a nivel neuronal. Me explico:

Cuando os comenté que había pasado una mala época médica, y que acabe ingresada durante una semana, fue por que tras un fuerte dolor de pecho, que pensaron que podría ser un infarto (que por suerte no lo fue), empece a tener problemas motores y de sensibilidad, y acabe con medio cuerpo casi paralizado. Descartaron que hubiera alguna lesión cerebral que justificara lo que me ocurría y solo me dijeron que podría ser un pequeño ictus que no se reflejaba en las pruebas, o algún tipo de cuadro de estrés y depresión crónico. Esto paso hace casi 5 meses, en los que no he recuperado del todo la movilidad de mi lado izquierdo, aunque tampoco es que me condicione, la verdad que es un poco molesto, pero bueno. Tras todas las revisiones neurológicas acabé por ir donde mi médico de cabecera, y sin saber nada de mi vida, me lo pregunto muy claramente, a ver si a lo largo de mi vida había sufrido algún episodio especialmente violento o traumático. Le estuve contando un poco por encima mi vida, más bien mi infancia, y llegó a la conclusión de que es probable que lo que me ocurre sea algún tipo de somatización provocada por traumas de la infancia. No lo dudó, y a parte de remitirme de nuevo al neurólogo y de mandarme una analítica completa, me ha mandado a salud mental, aunque me dijo que si no quería, no me sentía preparada o con fuerzas, que era mi decisión, que siempre podría ir más adelante. No he pedido la cita, y no se si lo haré, ni cuando. Parece que todo viene del mismo lugar y que aunque lo creía superado, no lo está tanto.

Ahora es cuando sí tengo una respuesta para aquella pregunta, y es que no, no llega el momento en el que todo queda atrás, y no debe llegar, porque no podemos desprendernos de una parte de nuestras vidas, de nosotros mismos, porque forma parte de lo que somos, de lo que hemos vivido, de lo que ha dado forma a nuestro propio ser, lo que nos ha moldeado, se aprende a vivir con ello, aunque a veces cueste, aunque parezca imposible, se aprende, y hay etapas buenas, en las que todo es maravilloso y nos olvidamos por completo de la carga que arrastramos, pero también las hay no tan buenas, y algunas tan malas en las que creemos que todo lo avanzado por el camino ha desaparecido, en las que creemos volver al momento en el que nuestra cabeza nos hacía sentir débil, nos hacía daño, y vuelven las pesadillas y los miedos, y todo esto no significa en absoluto que hayamos retrocedido, ni que vaya a durar toda la vida, simplemente son momentos, a veces más largos, a veces más cortos, que vienen y van y que aunque mientras lo vivimos nos resulte un infierno, nos recuerda quienes somos, y eso no lo debemos olvidar nunca.

asd

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