Navidad, triste Navidad

La primera Navidad de la que tengo recuerdo nada tiene que ver con los tópicos habituales de los que hablamos llegadas estas fechas. Decoración bonita con árbol y sus bolas, las luces, la familia y sus reuniones, los regalos de reyes, el ambiente navideño… No, no fue nada que se le asemeje a eso, ni por asomo.

Viviendo en el centro, llegaba el veintipoco de diciembre, y acababan las clases, como en cualquier otro colegio, y con ello gran parte de los niños que también vivían en el internado, marchaban con sus respectivas familias a celebrar las fiestas navideñas. Algunos se iban durante las dos o tres semanas que duraban las vacaciones, otros solo en los días realmente festivos, Nochebuena, Navidad… Pero estábamos unos pocos que no íbamos a ningún lado, nos quedábamos allí encerrados incluso en esos momentos que se suponen tan familiares.

Todos los años parecía que ese sería diferente a los anteriores, todos los años mi madre nos decía, nos prometía que esa vez pasaríamos las fiestas con ella, en casa, como una familia normal, todos los años me ilusionaba, me hacia una película mental de los felices que serian aquellas fiestas, y todos los años, en el último momento nos informaban de que de nuevo, no sería así. Una nueva decepción.

Ella siempre nos contaba la misma historia, que a última hora la asistenta se arrepentía y que ponía cualquier pretexto para evitar que marcháramos con ella y que era los servicios sociales los que no permitían que celebrásemos juntos las Navidades, que ella hacía todo por que fuera así, pero que no se lo permitían… Durante muchos años creí que realmente había sido así, pera mí era más fácil creer que era algo ajeno a su voluntad, que aceptar la realidad de que era ella quien no quería que esa celebración se produjera. Años más tarde he podido ver documentos en los que ella misma firmaba la renuncia a esas visitas, ella no quería que fuéramos con ella, seguramente solo eramos un estorbo en su diversión.

Tras la decepción inicial que se producía cada año, llegaba la soledad y la tristeza. Éramos muy pocos los que quedábamos allí en las cenas y comidas importantes de las fiestas, y aunque sí es cierto que las monjas trataban de hacer algo más parecido a una cena familiar, con alguna comida un poco más especial (vamos, algo que no fuera puré, que era prácticamente lo único que comíamos a diario, nos resultaba casi un manjar), en el gran comedor que había, este estaba demasiado vació como para no recordar que los que estábamos allí, eramos los que no nos encontrábamos con nuestras familias, los olvidados.

Cuando ya casi las fiestas habían acabado, y llegaba la mañana de Reyes, allí no había regalos de Navidad para nadie, según la monja que estaba en mi grupo, nuestro mayor regalo era seguir con vida, ese era el mejor regalo que podíamos tener. Mientras tanto veíamos como poco a poco volvían los que habían pasado las fiestas fuera, contando historias de lo que habían hecho, y con sus juguetes nuevos, suyos nada más. Solo conseguían que me sintiera celosa por su suerte, y más triste aún por la mía.

Cuando la etapa en el internado pasó, y por fin tuve a mi familia, recuerdo con miedo y pena esa nueva primera Navidad. A medida que se acercaba la fecha, me hacia a la idea de lo que sería, de la fiesta, de la familia, de la ilusión, y a su vez, me preparaba para una nueva decepción, en mi mente ya no cabía la posibilidad de una Navidad en familia, o algo por el estilo, a lo largo de los años, mi aprendizaje me había hecho creer que la navidad a la que yo estaba destinada, era triste y solitaria, y no era capaz de ver que la situación en mi vida había cambiado dramáticamente, y por lo tanto, nada tenía porque ser como hasta entonces…

Me bloquee. Ver aquella mesa, llena de comida hecha más expresamente para mi, para mi nueva Navidad solo consiguió que recordara las anteriores con gran tristeza, sintiendo que mis primeras 8 Navidades las había perdido, en vez de vivirlas en familia. Comí, y marché a dormir sin mucha emoción, en una especia de shock. Al día siguiente me levantaron muy emocionados, porque estaban los regalos de Navidad, ¡REGALOS! Mi cara estaba entre la confusión y la sorpresa, nunca antes había visto tanto paquete junto, bajo el árbol. No sabía como debía reaccionar, todo era nuevo para mí, y me quedé sentada, callada, esperando alguna señal que me indicara que actitud debía de tomar en ese momento. Abrí mis regalos en silencio cuando me los dieron, y aunque confusa, me sentí feliz.

Mi primera Navidad tras la adopción fue más caótica en mi interior de lo que pude demostrar, un cúmulo de sentimientos de alegría y tristeza batallando por lograr aflorar de mi interior. Nunca me ha gustado la Navidad, nunca la he considerado una fiesta alegre ni motivo de felicidad, la celebro con toda la familia, y con los años he aprendido a disfrutarla sin pensar en el pasado, sin sentir nostalgia por lo que nunca fue, pero lo que no siento es ese espíritu navideño ni esas historias que nos venden tan bonitas, prefiero una cena familiar en cualquier otro momento del año.

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4 comentarios en “Navidad, triste Navidad

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