Llorar por soledad

Son muchos los años que he llorado hasta no poder más, sin consuelo, tantos como uso de razón tengo. Desde bien pequeña recuerdo estar llorando por uno u otro motivo, por discusiones, por agresiones, por abandonos, pero en realidad, siempre por lo mismo, siempre ha sido el mismo motivo el que me ha hecho llorar, la soledad. Sí, los golpes pueden doler, mucho, los insultos, los desprecios… Son formas bastante fáciles de hacer daño, pero pasajeras a fin de cuentas, formas de las que me he sabido proteger con el paso del tiempo, haciéndome una coraza extremadamente impenetrable, que me dejó sola.

Viviendo con mi madre biológica y en el internado, no me quedó más remedio que endurecerme, que protegerme a mi misma, a fin de evitar ese sufrimiento innecesario que parece que se empeñaban e provocarme, aprendí que mostrarme tal como era a los demás, que sentir un ápice de afecto por cualquiera de ellos, era dejar una puerta abierta para que me hicieran daño, que solo conseguía hacerme débil frente a ellos, que me hacia altamente vulnerable, aprendí a cerrar mi entonces frío corazón a los demás, dejando únicamente un pequeño hueco para mis hermanos. Entonces creía que también había un recoveco para ella, para mi madre, fue con el tiempo que entendí que ese espacio que creía que tenía para ella no era más que un reflejo de la propia soledad en la que me encontraba sumida, una forma obsesiva de aferrarme a una madre inexistente, para sentir, de un modo iluso, que ella podía quererme a mi también. Estaba sola.

El proceso de adopción tampoco fue un camino bonito de recorrer, mi mente no estaba lo suficientemente estable como para aceptar los cambios que ocurrían a mi alrededor a una velocidad vertiginosa, para separarme de mis hermanos y de mi madre, los únicos vínculos de afecto que conocía, las únicas personas a las que podía llamar familia, y menos aún para convivir con personas a las que no conocía, y a las que no quería conocer, y que solo podía reconocer como una pareja que querían sustituir a mi familia.

La mezcla de sentimientos era muy contradictoria y confusa, el alivio de salir de aquel infierno terrenal, la inquietante tranquilidad de saber que ya no podrían volver a hacerme el daño que me hicieron, el miedo a lo desconocido, el miedo a la clase de personas que serían aquellos con quienes comenzaba a convivir en algo que denominaban familia estable, el sincero dolor por la perdida de mis hermanos, y la enmascarada angustia por la perdida de mi madre, la curiosidad por lo nuevo que me resultaba prácticamente todo a mi alrededor, y la soledad más absoluta en mi alma.

Vivía con una buena familia, que trataban de estar a mi lado, en una zona habitada… siempre había gente cerca de mi, y sin embargo estaba más sola que nunca. Durante mucho tiempo fue el propio miedo el que impidió que me abriera a nadie, el que me apretaba tan fuerte que casi me costaba respirar. Pero había algo más, algo que tardé muchos años en conseguir ver y ser consciente de ello, mi mayor problema estaba en que no sabía conservar a la gente a mi lado, no sentía la necesidad de hacerlo y cuando veía que se formaba alguna clase de vínculo, sentía miedo y buscaba de modo de romperlo de un modo que no fuera evidente. Cuanta impotencia sentí a verlo, tanto tiempo sola, y era solo culpa mía. Necesité tiempo encerrada para pensar, para saber los motivos que me llevaban a no ser capaz de conservar una amistad, y lo que me atormentaba más aún, porque tampoco me importaba perder a la gente, si luego me dolía estar tan sola. El motivo era más obvio de lo que podía imaginar, tanto que me costó verlo.

Durante 9 años de mi vida, los más críticos en el desarrollo mentar y personal, viví con mucha gente, tanta que no puedo siquiera poner una cifra, cientos de niños y niñas pasaron por la misma habitación en la que yo dormía cada día, pero siempre me sentía en gran soledad, especialmente los años que pasé recluida en un centro. Los niños entraban y salían de allí a mucha velocidad, éramos pocos los que estábamos de forma habitual y en estancias largas, por lo que nunca aprendí a mantener ese trato continuo y normalizado, esa relación, me acostumbre a que la gente iba y venía, y que eso era lo normal, no me importaba la gente, porque pronto marcharían, y vendrían otros nuevos a ocupar su lugar. Todo era sustituido. Y para poder vivir de ese modo, sin afectarme la marcha de aquellos con los que conseguía trazar una tipo de amistad poco convencional, endurecía aún más mi coraza.

Pasados los años, tras la adopción, me aferré a malas compañías, más bien a cualquiera que mostraba algún tipo de cariño hacía mi, me era indiferente de quien se tratara. Lo necesitaba. De un modo casi inevitable por mi forma de actuar, caía de manera recurrente en relaciones destructivas y tóxicas, pero en realidad me daba lo mismo, en el fondo, aunque no quisiera aceptarlo, sabía que tanto los amigos y amigas, como las parejas que me buscaba no me hacían ningún bien, muy al contrario, pero me daba exactamente igual, simplemente miraba hacía otro lado, y defendía la relación frente a cualquiera que se opusiera buscando argumentos que ni yo misma era capaz de creerme. De un modo casi adictivo, necesitaba esas relaciones abusivas. Esto me llevo a él.

Con solo 16 años me encapriché de una forma enfermiza de un chico, el típico chulo de barrio con más músculos que cerebro, pero que me conseguía hacer sentir especial con sus falsas promesas y sus enredos. Mis padres jamás aprobaron esa relación, porque veían lo que yo no podía ver, aún así, nunca la impidieron, sabían que si intentaban meterse en medio, solo conseguirán alejarme más, tenía que verlo yo. Tardé, tardé 3 años en darme cuenta de que los golpes, una vez más, no eran amor, de que las amenazas, no eran por mi bien, de que las imposiciones de vestuario, no eran por verme más guapa, de que las mentiras, no eran para protegerme. Y ahí terminó esa relación.

Con 19 años lo vi por primera vez de forma lúcida, tan clara, tan cristalina, que necesite mucho tiempo para poder pensar en ello sin que me hiciera daño. Tanta gente había pasado por mi lado, y sin embargo no tenía absolutamente a nadie, los únicos que se mantenían a mi lado, eran mis padres y mi hermano, los únicos que siempre han estado ahí para mí, cuando les he necesitado. Entonces volví a llorar, pero esta vez no por rabia, ni por dolor, ni con la ira con la que acostumbraba a hacerlo, sino de pura soledad consciente. Ese fue el punto de inflexión que me hizo ver que debía aprender a hacer las cosas de otro modo.

Han pasado años desde entonces, mi vida ha cambiado por completo, y ahora puedo decir que no estoy sola, he creado mi propia familia, y con eso me basta. Tengo a mis padres a los que adoro, y un hermano al que veo menos de lo que me gustaría, pero que siempre está ahí, tan cerca como lo necesite. Aún así, sigo necesitando ese refuerzo, esa afirmación y muestra de cariño diaria, para no sentirme sola, para no volver a sentir ese miedo que no olvido, sigo arrastrando carencias emocionales y afectivas que me hacen difícil entender muchas cosas. Aún así, he aprendido a convivir con ello, y hoy puedo decir que no lloro por soledad, al menos no tanto como antes.

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4 comentarios en “Llorar por soledad

  1. Que camino de aprendizaje más sinceramente contado e insisto que generoso e importante que lo cuentes, para que tantas personas entendamos lo que nos pasa y lo pasa a nuestro alrededor.En mi caso, he tenido mucho que dar y mucho miedo a darlo, mi núcleo es muy reducido, precisamente por protegerme, y ha sido leyendote cuando he reflexionado sobre la importancia de cuidar a quienes nos cuidan, a esas personas que generosa y desinteresada mente están ahí, los he redescubierto.Y soy más consciente de lo bueno y bello que tengo en la vida.Un abrazo Nabi.

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  2. Gracias, porque yo también hago lo mismo, cuando algo empieza a funcionar bien, lo destruyo, me encierro en mi soledad para que no me hagan mas daño, y luego lloro por sentirme invisible, ¿ acaso no es lo que yo quiero ? es un circulo vicioso, busco maneras de integrarme en la sociedad, de hacer nuevas amistades, y cuando lo voy consiguiendo salgo huyendo y desaparezco, espero aprender de ti a soportar una vida que no quiero vivir.

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    1. Muchos años he pasado así, huyendo de todo lo que prometia hacerme feliz, seguramente por miedo a que me hicieran mas daño, solo el tiempo y la voluntad pueden sacarnos de ese circulo.

      Mucho animo Esperanza, haz honor a tu nombre.

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