Mi espina, mi hermana (Parte 2)

Continuo donde lo deje en la primera parte:

La relación entre nosotras hasta entonces había sido un tormento, yo la admiraba, me aferraba a ella por encima de todo, era mi hermana mayor, mi único referente en aquel mar de tiburones, y aunque ella nunca movió un dedo por ayudarme, o simplemente evitar que me hicieran más daño, yo no podía hacer otra cosa que no fuera verla como algo superior, supongo que como muchos niños ven a sus hermanos mayores, como ejemplos a seguir, casi como sus héroes. También es cierto que yo no tenía otro ejemplo a mi alrededor en el que poder fijarme, por lo que no veía lo abusivo ni grotesco de la relación que manteníamos.

Cuando ya por fin nos dijeron a mi hermano y a mi que seriamos adoptados de forma definitiva, recuerdo que ella enloqueció, tuvo el ataque de ira más grande que recuerdo en ella, gritaba y maldecía sin parar. Pasamos poco tiempo en el internado desde aquel día hasta el momento en que nos llevaron con nuestras respectivas nuevas familias, dejándola a ella allí. Ese tiempo apenas nos hablaba, y cada vez que nos intentábamos acercar a ella, nos recibía con un golpe, con un insulto, o simplemente nos ignoraba. No se bien si eran celos, envidia de que a nosotros nos llevaran a una familia y ella se quedara allí, o si su rabie se enfocaba hacia la perdida de la posibilidad de reunirnos con mi madre como su familia ideal. Yo siempre me he decantado por esta opción, y con el tiempo he podido ver que realmente era así.

Los primeros días me acordaba de ella constantemente, con culpa por dejarla allí sola, sintiéndome mal por no estar con ella, y peor aún por no saber como estaría ni si volvería a verla alguna vez. Según iba pasando el tiempo yo me iba asentando muy poco a poco en mi casa, con el matrimonio al que entonces consideraba unos desconocidos por los que era incapaz de sentir ningún afecto, superando la perdida de mis hermanos y de mi madre, llevando un luto por ellos, aun sabiendo que estaban vivos, porque en parte, era más fácil seguir con mi vida haciendo como que ya no estaban, a fin de cuentas, no volvería a saber de ellos. Para mi sorpresa, y en contra de lo que todos pensábamos, me reencontré con mi hermano, adoptado muy cerca de mi, por lo que pudimos mantener una buena relación, pero aun me quedaba ella, mi hermana.

Del mismo modo que me encontré a mi hermano, de la forma más inesperada, un día me crucé con ella, resulta que el internado en el que habíamos estado lo habían cerrado, y a ella la habían reubicado en un piso tutelado en mi mismo municipio. Al menos en algún momento tuvimos suerte.

Fue un encuentro corto, muy extraño y distante por su parte, yo quise acercarme a ella, preguntar como estaba, tener un contacto, algo para no perder a mi hermana de nuevo. Pedimos permiso en el centro para ella, para que viniera a comer fuera, con nosotros y pudimos hacerlo. Comimos unas pizzas, tratamos, por un rato, de ser algo parecido a una familia celebrando un reencuentro. Traté de ser feliz con ella, una vez.

Me preguntaba por nuestra madre, seguía obcecada. No quería saber nada de mi hermano, aunque le dije que le había encontrado, me ignoró, y de mí, en realidad tampoco le interesó demasiado, pero yo no veía eso, solo la veía a ella. A la hora que nos indicaron fuimos con ella hasta el piso, la dejamos allí, y quedamos en volver a vernos pronto, en tener una relación lo más fluida posible. Ella entonces tenía unos 16-17 años.

Poco tiempo más tarde, el día que habíamos pactado, volvimos a buscarla para pasar el día fuera, pero ella ya no estaba. En el centro no estaban autorizados a darnos datos, solo nos pudieron decir, extraoficialmente, que había sido adoptada por un matrimonio de la otra punta del país. Ella no quiso avisarnos, aunque le dejaron llamarnos, no quiso hacerlo, nunca entendí porque quedamos en vernos y no nos dijo nada, solo se fue, sin despedirse, dejándome sola otra vez, marchándose de mi lado. No podía perdonárselo. Volví a llorar, como hacia tiempo que no lloraba, no entendía nada. Tal vez para ella era menos doloroso así, opté por abrazar esa posibilidad.

Pasó el tiempo, me dediqué a fortalecer la relación con mi hermano todo lo que pude, y a enfriar lo ocurrido con ella, y hacer como que nunca había pasado, y preferí dejarlo en mi memoria como un recuerdo mio, al menos uno bueno con ella, el único que tenía, como último regalo antes de marcharse para siempre de mi lado. Pero no podía estar más equivocada.

Un día sonó el teléfono, era ella. Se había marchado, sí, pero al menos conservaba el numero que le dí, para poder contactar conmigo. Y así lo hizo.

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4 comentarios en “Mi espina, mi hermana (Parte 2)

  1. Sigue escribiendo,lo haces genial!!que nadie calle nunca lo que tú sientes y sigue expresándote como hasta ahora,eres un persona entrañable,mucha gente debería de aprender a entenderte(estoy contigo)abrazo fuerte!

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  2. Es muy interesante leer a alguien que tiene cosas que decir, desde la mas absoluta sinceridad, el aroma de la vida, su olor mas auténtico, sin aditivos, sin conservantes, ni colorantes. Este ejercicio que Nabi tiene la generosidad de compartir nos atrapa, por muchas razones, entre otras por una cualidad que no es fácil de encontrar cuando se lee: el ritmo literario.Me parecía que debía decirlo por que mi pasión es la literatura. Creo también, en otro orden de cosas, que (por utilizar una metáfora) pelar las capas la cebolla, libera llanto, pero libera al fin, y creo tb que convendría hacerlo de vez en cuando, atrevernos a liberar los corsés que nos limitan, esas relaciones tóxicas, ese trabajo humillante, esa madre castrante…liberarnos del peso de la hipocresía, al menos decirnoslo a nosotros mismos.
    Nabi, te honra tu preocupación por tu hermana bio, pero creo sinceramente que solo un profesional y bueno le puede ayudar. Un abrazo

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