Reencuentro (Parte 1)

Creo, o al menos me atrevo a decir, que un reencuentro entre un hijo adoptivo y su madre biológica, o parte de su familia biológica, es un momento muy temido por todos, y que si se da, se hace con miedo a que ocurrirá y cuales pueden ser las consecuencias del mismo.

Por un lado están los padres adoptivos, que intuyo su miedo a afrontar si la realidad que creían sobre el pasado de su hijo y las circunstancias en las que fue dado en adopción, porque no es lo mismo pensar que el niño estaba desamparado y así llegó a su hogar, que confirmarlo, o por el contrario ver si había alguna irregularidad en el proceso. También intuyo el miedo a que su hijo quiera más de su familia biológica, a perder esa exclusividad paternal y maternal, y que con la reaparición de los padres biológicos deban “compartir” a su hijo. Son todo suposiciones, pero es algo que realmente creo que ocurre, y precisamente por ello, nunca les conté a mis padres el encuentro que tuve con mi madre biológica.

Los padres biológicos supongo que su miedo se enfoca más a las criticas y juicios que puedan recibir por marte de sus hijos, a las preguntas incomodas que no sepan resolver, y a los prejuicios que estos puedan tener. Normalmente no saben ni que les han contado, ni en que términos, ni que información manejan.

Y los niños, los hijos adoptados. Algunos quizás no quieran saber nada, otros, como yo lo quisimos saber todo. Ese momento fue angustioso, porque no sabía toda la realidad que rodeaba la historia y temía que lo que me pudiera encontrar alterase la estabilidad que ya había logrado. No sabía siquiera si ella querría saber de mí, si seguiría siendo una adicta, si se habría rehabilitado, si… Tantos sies…

Con la edad que yo tenía cuando llegue a mi casa, puedo decir que era completamente consciente de lo que estaba pasando y de lo que había pasado hasta entonces, aunque la realidad no es del todo así, porque mi cabeza manipulaba las cosas para tratar de que los recuerdos me hicieran el menor daño posible, modificando recuerdos y borrando momentos traumáticos. Esto me dejó en un punto de desprotección psicológica bastante incomoda, porque tenía datos, recuerdos, imágenes e información, pero la mayor parte de ellas incompletas. Esto me hacía dudar, me hacía sentirme incomoda en mi piel, y verme como una mera espectadora de mi propia vida, que solo podía saber la verdad a través de los datos recopilados de los demás. Me sentía impotente. Por eso, aún estando completamente segura de lo ocurrido con mi madre biológica, aún sabiendo lo que había hecho conmigo, cuando mi hermana, en su ciega obsesión por juntarnos de nuevo y rehacer esa familia de los pedacitos que conseguía recoger, me llamo para decirme que había encontrado a mi madre biológica, no pude negarme a verla.

Durante el tiempo que pasó desde esa llamada hasta que la vimos, yo estaba destrozada, pero siempre con una sonrisa, porque no quería hacer a mis padres participes de nada, les mantuve todo el tiempo al margen, y hoy es el día que sigue siendo así. Estaba rota por dentro, tenía 14 años ya, y sabía que sería muy duro, y mil dudas bombardeaban mi cabeza. ¿Como mirarla a la cara sin sentir odio después de usarme, maltratarme y hacer conmigo lo que le vino en gana sin pensar en mi? ¿Como preguntarle los porqués de tantas cosas sin reprochar nada de lo que ocurrió? ¿Estaría preparada para verla y salir sana mentalmente del encuentro?

Llegó el día, y todo debía ser perfecto, en mi cabeza sabía que ella no se merecía mucho de mi, pero si quise darle al menos si la oportunidad de explicarse, y darme a mi misma la oportunidad de comprobar tantas cosas que así podría dejar atrás, pero que equivocada estaba.

Vestida y peinada a la perfección, casi obsesiva, necesitaba ir bien. No se si es porque necesitaba sentirme segura para afrontar ese momento, si porque quería que ella me viera bien, o en realidad era una forma de restregarle que me iban bien las cosas si ella, pero así lo hice. Y sin pensarlo mucho más me presente en el lugar que me indicó mi hermana, con la que entonces tenía una relación extraña, pero continua. Llevaba mucho tiempo sin verla, pero apenas me prestó atención, no me dio pie a darle un abrazo siquiera, toda su obsesión era que llegáramos cuanto antes a casa de nuestra madre, tal vez por miedo a que yo me echara para atrás en el ultimo momento y chafara sus planes.

Durante el camino ella hablaba, pero no la escuchaba, solo pensaba en como sería, en como me recibiría, en cuantas preguntar podría hacerle, hasta que llegamos al portal. Cual fue mi sorpresa cuando lo reconocí, habían pasado muchos años desde la ultima vez que había pisado ese portal, y aún lo recordaba, y yo ni sabía que seguía viviendo en el mismo lugar. Subimos y allí estaba ella, en la puerta de aquella casa, esperándonos. La imagen que recordaba de ella se borro de mi mente para observar en lo que los años habían transformado. Estaba muy desmejorada. Esperaba tal vez un abrazo, un intento de acercamiento, una muestra de cariño… solo una mirada.

Durante las escasas dos horas que estuvimos allí solo sentía ganas de vomitar al recordar todo lo que vivimos en aquel piso, los recuerdos volvían de forma agresiva a mi cabeza, agolpándose unos contra otros, como si se hubiera abierto la caja de Pandora. Tuve ganas de gritar, de chillar de exigir explicaciones, de soltar todo lo que en ese momento sentía, pero no lo hice, no se porqué, pero me quedé callada, observando, y tratando de ser lo más educada posible, sin saber bien el motivo de mi comportamiento. Quería salir corrido de allí, pero sentía que debía quedarme, que era una obligación, aún no habiendo motivos para ello.

Me encontraba entre una conversación forzada y una hermana eufórica, y yo me sentía desubicada. Pude ver alguna foto, y escuchar muchos “es que no pude…”, “es que no me dejaron…”, solo excusas que no iba a aceptar como ciertas, porque por desgracia recordaba demasiado de primera mano como para creerme lo que sabía que sin duda eran mentiras.

El rato pasó y me marché. Me fui sin mirar atrás, y con la certeza de que no volvería allí bajo ninguna circunstancia, aunque mantuvimos el contacto algún tiempo. Iba con la mente completamente agotada, con demasiadas cosas que re-ordenar una vez más, con el sentimiento de abandono a flor de piel al ver que en sus palabras solo había excusas sin fundamento, pero no argumentos con los que explicar nada de lo ocurrido, con la angustia de haberme quedado callada, muda, sabiendo que me estaban mintiendo a la cara ¿Por que no dije nada?, sin poder asumir lo que acababa de pasar, sin entender porque no había sido capaz de pedir las explicaciones que sentía que me debía. Me fui completamente hundida, pensando en la cobardía con la que había actuado, callada, dócil, tratando de complacer y dar buena imagen frente a quien solo me trato como a un trapo viejo, y decepcionada conmigo misma, porque sentía que había fallado a mis padres al ir allí. Nunca les dije nada, nunca les conté que estuve allí, por miedo, vergüenza, por no hacerles daño, o por no afrontar esa conversación, que seguro, no sería agradable para nadie.

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